Cómo capitalizar la adversidad

Escuchamos por todos lados noticias de la amenaza de otra latente de recesión. Por lo tanto hoy me gustaría hacer una reflexión sobre cómo enfrentar y capitalizar la adversidad.

Sir Isaac Newton, una de la mentes más brillantes que ha conocido la humanidad, estableció en su tercera ley universal que cada acción produce una reacción opuesta y equivalente.

Si aceptamos como cierta esta premisa entonces toda adversidad trae con si la semilla de una equivalente oportunidad. Y no estoy hablando simplemente de factores adversos en la macroeconomía, sino también la  adversidad en nuestra vida diaria y específicamente en lo llamamos el fracaso.

La vida es como un poderoso y caudaloso río en constante movimiento que genera cambios incesantes. Todos estamos en él y ninguno de nosotros nos podemos salir o podemos detenerlo.

Sobre lo único que SÍ tenemos poder es decidir cómo vamos a responder ante el cambio. ¿Lo enfrentaremos con miedo o con arrojo? ¿Creceremos ante la adversidad o permitiremos que nos arrastre?

Y la tragedia es que en estos momentos vemos a demasiada gente darse por vencida demasiado fácilmente y no capitalizar las oportunidades inherentes en la adversidad.

Hay que entender la diferencia entre una derrota temporal y un fracaso definitivo y las oportunidades que acompañan todo contratiempo. Al entenderlas ya no nos damos por vencidos tan fácilmente cuando nos encontramos con obstáculos en el camino, porque comprendemos que el éxito normalmente está a pocos pasos de dónde la mayoría de la gente se da por vencida.

La adversidad, contrario a lo que muchos pensamos tiene un aspecto muy positivo porque nos sacude, despierta y libera de las garras de hábito hipnótico de la complacencia exigiéndonos crecer, depurar y perfeccionarnos o de plano nos abre un nuevo espacio para volver a empezar.

Hay que entender que el fracaso es simplemente un concepto que creamos en nuestra mente. Es un estado mental que podemos controlar mientras no abdiquemos al privilegio de poder decidir.

Por lo tanto podríamos decir que el fracaso es el gran maestro. Ese toque de realidad que despeja la mente y nos impulsa a abrir los ojos enseñándonos que algo está mal con nuestro plan y nos presiona a rectificar o de plano dejar el camino trazado para reinventarnos.

Pero más que eso los grandes momentos de cambio  nos dan la oportunidad de calarnos. De ponernos a prueba para comprobar de que estamos hechos. Nos obligan a enfrentarnos y descubrir quien realmente somos. A conocernos a fondo de una forma tan profunda que no se puede alcanzar por otro medio.

Al estudiar la vida de los hombres y mujeres que lograron grandes hazañas  vemos que casi siempre sus éxitos vinieron emparejados con grandes fracasos que utilizaron como trampolín o que capitalizaron momentos de oportunidad que otros simplemente desecharon con amenazas.

Pero regresando a la adversidad, incluso podríamos ir tan lejos hasta decir que estos momento de gran cambio son una bendición porque nos obligan a depender menos de las fuerzas materiales y más de las fuerzas espirituales. Es en los momentos difíciles que descubrimos esa fuerza inherente en cada uno de nosotros. Una fuerza noble, magnánime, divina. La fuerza de nuestro auténtico ser.

Aprendemos en estos momentos cuando aparentemente el tsunami del cambio nos arroya que ya no nos funciona la fuerza bruta sino que tenemos que echar mano de nuestro poder mental.

Es precisamente en estos momentos de aparente vulnerabilidad que la vida nos ofrece una de sus lecciones más importante. Nos enseña que a fin de cuentas no tenemos control sobre nada, salvo nuestro poder de decidir como vamos a reaccionar antes los acontecimientos de la vida. Y que cuando crecemos al reto y no nos dejamos arrastrar por la corriente de la negatividad, se nos abre la mente para ver nuevas opciones que están inherentes en el contratiempo.

Si entendemos y aplicamos este principio vemos que con cada fracaso nos fortalecemos. Con cada golpe nos liberamos de otra imperfección, hasta que a través de este proceso de depuración se va revelando la  mejor versión de nosotros mismos. Ese gran ser que está cautivo dentro de cada uno de nosotros y que sin la adversidad no se puede liberar.

Entonces en momentos como estos cuando mucha gente empieza a tirarse a la desgracia y se deja arrastrar por la corriente del desánimo hay que hacer un hito en el camino y abrazar la realidad.

El fracaso, la adversidad o como lo queramos llamar es simplemente un estado de ánimo. Existe simplemente en nuestra mente. Si nos dejamos contagiar por él nos debilita y nos lanza inexorablemente al río de la desesperación.

Sin embargo, si reconocemos que la vida y el universo están diseñados para darle a todas y cada uno de sus criaturas la posibilidad de sobresalir y abrazamos con fe la ley de Newton vemos que en cada gran adversidad existe la semilla de un éxito proporcional.

La vida no fue hecha para lo pusilánimes. Por eso existe la adversidad. Hay que entenderla. Abrazarla. Dominarla y agradecerla. Es nuestra gran maestra. Es la que nos cala para ver si somos dignos de compartir los grandes frutos de la creación.

Por eso en estos momentos de adversidad latente tenemos que actuar con inteligencia. Entender que la vida exige nuestra grandeza. De que no hay que darnos por vencidos. De entender que es un proceso de crecimiento y depuración. Y que lo mejor está por venir al ver oportunidad dónde los demás simplemente ven desgracia.

Escuche aquí el comentario transmitido el 9 de octubre 2013 en el noticiero de Sergio Sarmiento y Lupita Juárez.

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