Porqué no hay que mezclar la estrategia militar y el marketing

Hoy quiero hacer un comentario sobre por qué creo que las estrategias de negocios que se basan en estrategia militar son nefastas.

Para los que no están familiarizados con el lenguaje de la mercadotecnia es muy normal que los mercadólogos utilicen términos militares. Por ejemplo, van a lanzar una campaña, aplastar a la competencia y conquistar al mercado.

Y todo esto se les hace normal. Sin embargo no debería de ser así.

La acción militar corresponde a una función básica de un gobierno: velar por la seguridad de sus ciudadanos ante la eventualidad de que un grupo contrario pierda la cerrazón y los quiera atacar.

Aunque la guerra es una manifestación primitiva y brutal, desafortunadamente todavía tiene su lugar dentro de la dinámica humana. El problema es querer aplicar los principios de la guerra a los negocios.

El fin de la guerra es ganar a toda costa. Se basa en que siempre hay un ganador y un perdedor y que todo se vale con el fin de lograr el objetivo. O sea, que el fin justifica los medios. Y entre los libros más importantes sobre el tema está  “El arte de la guerra” de  Sun Tzu que ha sido el libro de cabecera para grandes generales como Mao Tse-Tung y Colin Powell, al igual que es lectura obligada para todos los agentes de la CIA de Estados Unidos y estudiantes en escuelas de negocios. En este libro aprendes el arte del engaño, la importancia de las alianzas y cómo atacar las debilidades de tu enemigo.

Y todo esto suena muy bien al hombre de negocios oportunista. A caso no son los objetivos de los negocios ganar a toda costa. Pues si y no. Hay que ganar, pero no a toda costa. Cuando se toma el concepto de la guerra y se aplica a los negocios se desvirtúa el sentido profundo del quehacer empresarial. La finalidad de un negocio es generar utilidad para los inversionistas a través de añadir valor real, profundo y duradero a los clientes, los empleados y la sociedad, mientras se respeta y se cuida la tierra.

Cuando un buen ser humano va a la guerra es capaz de perder la razón y hacer cosa terribles. La guerra apela a nuestros instintos más primitivos que compartimos con los reptiles. Instintos como el miedo, la agresión y la territorialidad e incluso la guerra lleva a muchos a cometer actos de barbarie como la violación y el asesinato a sangre fría. Toda esta dinámica toca al ser humano en su escénica más profunda y deja a muchos veteranos de guerra con una cruda moral, que los turba de por vida.

Por eso es tan importante entender la finalidad del quehacer humano. Estamos aquí para generar valor real, profundo y duradero. Y para ello se requieren una serie de principios diferentes a los del arte de la guerra.

El haber aplicado los principios del arte la guerra al ámbito de los negocios nos ha llevado a cometer actos de barbarie en contra la naturaleza y otros seres humanos. Actos que yo creo nos afectan como raza humana y que al igual que el veterano de guerra que regresa turbado de la campaña, nosotros  los ciudadanos comunes y corrientes también estamos sufriendo las consecuencias de actos contra natura que nos crean un malestar latente.

En los negocios, a diferencia del arte de la guerra, no debe haber un ganador y un perdedor, ni debe considerarse que el fin justifica los medios. En un verdadero negocio todo el mundo gana, desde los inversionistas hasta los clientes, empleados y sociedad, y esto se hace sin lastimar a la tierra.

Cuándo no se respeta este principio y se extrae del sistema más valor que el que se genera, vemos fenómenos como la caída de la bolsa del 2008.

En este momento estamos llamados a una nueva revolución industrial donde los empresarios generan verdadero valor para todas las partes involucradas.

Uno de los primeros lugares para empezar es con nuestra relación con la naturaleza. No estamos en guerra con ella, no es un rival a conquistar, ni tampoco es el gran botín. La naturaleza es a la vez nuestro proveedor y clientes.

Se me hace una actitud temeraria pensar que la tierra nos pertenece, que es algo que se puede comprar y vender o que por medio de la guerra se le puede arrebatar al vecino y que una vez que se posee, se puede explotar impunemente.

Déjenme darles unas cifras de las consecuencias de ver la tierra no como proveedor y cliente, sino como botín. Hoy uno de cada cuatro mamíferos está en peligro de extinción. El 90% de todos los grandes peces del mar han desaparecido. Y más de la mitad de todos las grandes ríos del mundo están envenenados porque arrojamos en ellos desechos industriales sin tratar.

Permíteme poner esto en un contexto mucho más cercano. La organización mundial de la salud reporta que en la Ciudad de México más de un millón de personas sufren de enfermedades respiratorias crónicas y que cada año esto está matando a 6,400 de nosotros.

La nueva revolución industrial necesita estar basada en un modelo de negocio que imita la naturaleza. Ella no contamina o desperdicia. Ella engrana, recicla y alimenta.

Ha llegado el momento de la reconciliación. De entender que la tierra está viva y que somos parte de ella y ella es parte de nosotros.

Para darle la vuelta  a las grandes amenazas que están latentes, hay que emprender una acción concertada entre empresarios, instituciones, academia y ciudadanía. Y la buena noticia es que hoy ya existen los medios para empezar a enfrentar y a resolver los estragos.

Fácil no será. Hay intereses muy arraigados. Sin embargo, desde mi punto de vista es posible.  Hay que empezar por cambiar el diálogo del énfasis de lo que está mal en el mundo, a lo que está bien. Pasar del miedo a la esperanza. Y es importante no satanizar al empresario. La inmensa mayoría de nosotros hemos hecho lo mejor que hemos podido con la información que teníamos a la mano.

Al mirar a mi alrededor veo a tanta gente buena que comparte con nosotros la misma preocupación y que está empeñada en transformar los grandes retos que nos amenazan, en las grandes oportunidades del Siglo XXI. Estos nuevos empresarios están inmersos en energías limpias, en cómo resolver los grandes retos de la alimentación, la salud y la educación al igual en cómo integrar a los más pobres de los pobres a la economía formal.

Una persona que ejemplifica al nuevo empresario coherente, prospero y humano es Peter Diamandis. Él junto con Ray Kurzweil fundaron la Universidad “Singularity” para abrir el diálogo al más alto nivel sobre cómo utilizar tecnología de punta para resolver los grandes retos de la humanidad.

Por otro lado Peter creo la fundación “The XPRISE” para incentivar la innovación. Aquí se otorgan premios de millones de dólares a cualquiera persona que presente una innovación que impacte positivamente a la humanidad.

Por ejemplo, este mes lanzaron un nuevo reto: un premio de $15 millones de dólares para quien desarrolle un programa que permita a jóvenes aprender por si mismos a leer, a escribir y a dominar los principios básicos de la aritmética. 

En el consejo del XPRISE se encuentran otros brillantes emprendedores que también están encabezando la segunda revolución industrial. Entre ellos destacan Elon Musk, James Cameron, Larry Page y Dean Kamen.

Se ve el camino a un mundo sustentable. Y no son los principios de la guerra que van a resolver los grandes retos la humanidad, sino una colaboración inteligente que respeta la tierra, y añada valor profundo a los clientes, empleados y sociedad. Este es nuestro momento. ¡Intégrate YA!

Escucha aquí el comentario transmitido el 1 de octubre 2014 en el noticiero de Sergio Sarmiento y Lupita Juárez en Radio Red.

Servir o sufrir. ¡Tú decides!

Hoy quiero hablar de la paradoja de la vida. De como por un lado podemos ver la vida como un botín que está ahí para servirnos. Y como por el otro lado podemos ver la vida como una inmensa responsabilidad que conlleva a servir y a dar más que lo que que recibimos.

¿Cuál es la mejor postura? Este es mi punto de vista.

Al nacer somos bendecidos con el regalo de la vida y con la gran responsabilidad de hacer buen uso de ella. Nos anteceden 3800 millones de años de evolución que se manifiestan en nosotros. En cada uno de nosotros. Tú y yo somos la más pura expresión de la creación. En ti y en mi se  manifiesta lo último, lo actual, lo más bello y revolucionado.

El asunto es que la vida, el universo, Dios, o como lo quieras llamar, tiene su agenda y lo queramos o no, tú y yo somos parte de ella. Y dependiendo de cómo actuamos nos haremos acreedores a alegría, salud y bienestar o a dolor, llanto y desesperación.

El amor es probablemente la mayor paradoja del mundo y el concepto peor entendido de todas. Se nos ha hecho pensar que el amor es una característica del débil. Se asocia con el aferrarse a otro y perder la cabeza, consumirse en la pasión y después encontrarse con que todo, todo fue una ilusión. Pero eso no es amor sino egoísmo porque no está fincado en el deseo de dar sino de recibir, lo cual sin duda consume, debilita y destruye.

El amor, el verdadero amor no es egoísta, sino magnánime. Busca servir, no servirse. Decía el gran general francés Napoleón Bonaparte que una de las grandes lecciones que había aprendido en el campo de batalla era que el espíritu siempre vence a la espada. Era como si el universo conjuraba todo su poder detrás del que cree, del que ama, del que lucha por algo más grande que él o que ella.

Un día el expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton conoce a La Madre Teresa de Calcuta y le pregunta: “Madre, que tanto hay que dar” a lo que ella responde, “hasta que duela”.

El amor, el verdadero amor no es débil sino tremendamente fuerte y poderoso. Vemos cómo en un mundo envuelto en el miedo, la confusión y la violencia el amor ha servido como blindaje para grandes personajes de la historia como Mahatma Gandhi y Viktor Frankl. Su amor por servir logró neutralizar el miedo y la confusión de sus agresores e hizo que aun ellos desearan que su luz no dejara de existir.

En el caso de La Madre Teresa de Calcuta la paradoja es aún mayor, porque el blindaje de amor no era en contra otros seres humanos, sino en contra las bacterias y los microbios portadores de terribles enfermedades. En su caso ella podía estar en medio de la gente más enferma del mundo y su amor por servir, le servía como escudo para no contagiarse.

Y este escudo está a la mano no únicamente de grandes personajes como Gandhi, Frankl y La Madre Teresa, sino que también está a la mano de gente común y corriente como tú y yo, pero hay que aprender a activarlo.

La regla es sencilla: El que sirve, sirve. Todo es uno. La gota se funde con el mar y el mar se funde con la gota.

Venimos a la tierra para aprender, amar y servir y la vida bien vivida es una bendición y un regalo. Pero también la otra cara de la moneda es cierta. Al que hace caso omiso de la regla y no quiere servir sino servirse se saca “la rifa del tigre”. O servimos o sufrimos. O nos fortalecemos o nos debilitamos, enfermamos y morimos en agonía, tristeza y dolor. La vida no se anda con medias tintas. O se es o no se es. Y su rigor y esplendor es implacable.

Incluso como parte central de la paradoja de la vida está nuestro mismo cuerpo. Y aquí hay que preguntarnos: ¿Realmente es nuestro el cuerpo o es parte del instrumentario que la vida nos ha proporcionado y encomendado utilizar con respeto, para aprender, servir y ser feliz?

Y digo que el cuerpo es una paradoja porque si lo vemos a través de los ojos del ego, aparentemente nos imaginamos que el cuerpo es nuestro, que lo poseemos y que está aquí para servirnos. La paradoja es que creo que realmente es al revés. Nuestro cuerpo no es nuestro. Realmente nada es nuestro, todo nos es dado como instrumento para aprender, crecer y continuar la creación.

Y esto me hace recordar un chiste. Están dos amigos en el funeral de un hombre muy acaudalando. Y uno le pregunta al otro, “¿Oye y cuánto dejó fulanito de tal?” y el otro lo piensa un momento y le responde, “pues, lo dejó todo”. Pues si, por más que queramos llevarnos lo que hemos acumulado, no lo vamos a poder hacer.

Por lo tanto, hoy quiero proponerte una nueva forma de ver al cuerpo y a fin de cuentas una nueva forma de ver la vida. En vez de ver el cuerpo como algo que poseemos y que existe para servirnos, te propongo que le demos la vuelta y que nos imaginemos que el cuerpo no nos pertenece, sino que es una encomienda que la vida nos ha hecho y que nos pide que lo cuidemos, lo desarrollemos y lo utilicemos para ayudarnos a crecer en nuestra labor de amor.

Decía Leonardo da Vinci que los sentidos son los vicarios del alma y tenía todo la razón. Cuando nos abocamos a servir a nuestro cuerpo sucede algo maravilloso. Nuestro cuerpo nos regala lucidez, fuerza, belleza y pasión. Nos dota de un vehículo digno de los dioses para transcurrir por esta tierra. Una carroza hermosa que brilla radiante de salud y se transforma en un imán que atrae hacia si gente bella y oportunidad.

El cuidado esmerado del cuerpo nos enseña los fundamentos de una vida significativa, próspera y feliz. Aprendemos al cuidarlo el valor de la constancia que crea buenos hábitos y cómo estos hábitos conducen a la maestría y a la realización.

Y no termina ahí. Cuándo dejamos de ver el cuerpo como algo aislado del mundo y lo empezamos a ver como una parte integra de la creación, sucede algo mágico. La gota se funde en el mar y el mar se funde en la gota.

De pronto esa angustia existencial que nos estresa, que nos causa dolor de cabeza, cansancio y desánimo, desvanece. Baja nuestra presión sanguínea y suben nuestras defensas. Dejamos de dar vueltas en la noche sintiéndonos indefensos y desamparados. La voz crítica en nuestra cabeza se acalla y dejamos de ser tan irritables y explosivos. Incluso al sentir como el cuerpo se funde en el mar de la sabiduría universal, el miedo al fracaso se mitiga, suba nuestra autoestima y entramos en una espiral ascendente y constructiva.

Sin duda la vida es una paradoja. Entre más nos queremos afianzar, más resbalamos. Y entre más nos abrimos y nos damos más crecemos.

En resumen.

Te invito a poner de cabeza muchos de los preceptos que tenemos. El amor no es una característica de la gente débil sino que es el fundamento de la fuerza más poderosa del mundo. Como decía Napoleón Bonaparte el espíritu es más poderoso que la espada y esto se ve claramente en Gandhi y Frankl.

Por otro lado es importante acabar de una vez por todas con el precepto de que la vida es un botín que hay que aprovechar. No, la vida no es un botín sino que es algo sagrado que hay que cuidar, desarrollar y hacer crecer y nuestro cuerpo es nuestro gran maestro que nos ha sido encomendado para enseñarnos el camino de la coherencia.

Finalmente, nunca hay que olvidar que venimos a la tierra para aprender, amar y servir o a sacarnos “la rifa del tigre”. Servimos o sufrimos. ¡Tu decides!

Escucha aquí el comentario transmitido el 17 de septiembre 2014 en el noticiero de Sergio Sarmiento y Lupita Juárez en Radio Red.