Servir o sufrir. ¡Tú decides!

Hoy quiero hablar de la paradoja de la vida. De como por un lado podemos ver la vida como un botín que está ahí para servirnos. Y como por el otro lado podemos ver la vida como una inmensa responsabilidad que conlleva a servir y a dar más que lo que que recibimos.

¿Cuál es la mejor postura? Este es mi punto de vista.

Al nacer somos bendecidos con el regalo de la vida y con la gran responsabilidad de hacer buen uso de ella. Nos anteceden 3800 millones de años de evolución que se manifiestan en nosotros. En cada uno de nosotros. Tú y yo somos la más pura expresión de la creación. En ti y en mi se  manifiesta lo último, lo actual, lo más bello y revolucionado.

El asunto es que la vida, el universo, Dios, o como lo quieras llamar, tiene su agenda y lo queramos o no, tú y yo somos parte de ella. Y dependiendo de cómo actuamos nos haremos acreedores a alegría, salud y bienestar o a dolor, llanto y desesperación.

El amor es probablemente la mayor paradoja del mundo y el concepto peor entendido de todas. Se nos ha hecho pensar que el amor es una característica del débil. Se asocia con el aferrarse a otro y perder la cabeza, consumirse en la pasión y después encontrarse con que todo, todo fue una ilusión. Pero eso no es amor sino egoísmo porque no está fincado en el deseo de dar sino de recibir, lo cual sin duda consume, debilita y destruye.

El amor, el verdadero amor no es egoísta, sino magnánime. Busca servir, no servirse. Decía el gran general francés Napoleón Bonaparte que una de las grandes lecciones que había aprendido en el campo de batalla era que el espíritu siempre vence a la espada. Era como si el universo conjuraba todo su poder detrás del que cree, del que ama, del que lucha por algo más grande que él o que ella.

Un día el expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton conoce a La Madre Teresa de Calcuta y le pregunta: “Madre, que tanto hay que dar” a lo que ella responde, “hasta que duela”.

El amor, el verdadero amor no es débil sino tremendamente fuerte y poderoso. Vemos cómo en un mundo envuelto en el miedo, la confusión y la violencia el amor ha servido como blindaje para grandes personajes de la historia como Mahatma Gandhi y Viktor Frankl. Su amor por servir logró neutralizar el miedo y la confusión de sus agresores e hizo que aun ellos desearan que su luz no dejara de existir.

En el caso de La Madre Teresa de Calcuta la paradoja es aún mayor, porque el blindaje de amor no era en contra otros seres humanos, sino en contra las bacterias y los microbios portadores de terribles enfermedades. En su caso ella podía estar en medio de la gente más enferma del mundo y su amor por servir, le servía como escudo para no contagiarse.

Y este escudo está a la mano no únicamente de grandes personajes como Gandhi, Frankl y La Madre Teresa, sino que también está a la mano de gente común y corriente como tú y yo, pero hay que aprender a activarlo.

La regla es sencilla: El que sirve, sirve. Todo es uno. La gota se funde con el mar y el mar se funde con la gota.

Venimos a la tierra para aprender, amar y servir y la vida bien vivida es una bendición y un regalo. Pero también la otra cara de la moneda es cierta. Al que hace caso omiso de la regla y no quiere servir sino servirse se saca “la rifa del tigre”. O servimos o sufrimos. O nos fortalecemos o nos debilitamos, enfermamos y morimos en agonía, tristeza y dolor. La vida no se anda con medias tintas. O se es o no se es. Y su rigor y esplendor es implacable.

Incluso como parte central de la paradoja de la vida está nuestro mismo cuerpo. Y aquí hay que preguntarnos: ¿Realmente es nuestro el cuerpo o es parte del instrumentario que la vida nos ha proporcionado y encomendado utilizar con respeto, para aprender, servir y ser feliz?

Y digo que el cuerpo es una paradoja porque si lo vemos a través de los ojos del ego, aparentemente nos imaginamos que el cuerpo es nuestro, que lo poseemos y que está aquí para servirnos. La paradoja es que creo que realmente es al revés. Nuestro cuerpo no es nuestro. Realmente nada es nuestro, todo nos es dado como instrumento para aprender, crecer y continuar la creación.

Y esto me hace recordar un chiste. Están dos amigos en el funeral de un hombre muy acaudalando. Y uno le pregunta al otro, “¿Oye y cuánto dejó fulanito de tal?” y el otro lo piensa un momento y le responde, “pues, lo dejó todo”. Pues si, por más que queramos llevarnos lo que hemos acumulado, no lo vamos a poder hacer.

Por lo tanto, hoy quiero proponerte una nueva forma de ver al cuerpo y a fin de cuentas una nueva forma de ver la vida. En vez de ver el cuerpo como algo que poseemos y que existe para servirnos, te propongo que le demos la vuelta y que nos imaginemos que el cuerpo no nos pertenece, sino que es una encomienda que la vida nos ha hecho y que nos pide que lo cuidemos, lo desarrollemos y lo utilicemos para ayudarnos a crecer en nuestra labor de amor.

Decía Leonardo da Vinci que los sentidos son los vicarios del alma y tenía todo la razón. Cuando nos abocamos a servir a nuestro cuerpo sucede algo maravilloso. Nuestro cuerpo nos regala lucidez, fuerza, belleza y pasión. Nos dota de un vehículo digno de los dioses para transcurrir por esta tierra. Una carroza hermosa que brilla radiante de salud y se transforma en un imán que atrae hacia si gente bella y oportunidad.

El cuidado esmerado del cuerpo nos enseña los fundamentos de una vida significativa, próspera y feliz. Aprendemos al cuidarlo el valor de la constancia que crea buenos hábitos y cómo estos hábitos conducen a la maestría y a la realización.

Y no termina ahí. Cuándo dejamos de ver el cuerpo como algo aislado del mundo y lo empezamos a ver como una parte integra de la creación, sucede algo mágico. La gota se funde en el mar y el mar se funde en la gota.

De pronto esa angustia existencial que nos estresa, que nos causa dolor de cabeza, cansancio y desánimo, desvanece. Baja nuestra presión sanguínea y suben nuestras defensas. Dejamos de dar vueltas en la noche sintiéndonos indefensos y desamparados. La voz crítica en nuestra cabeza se acalla y dejamos de ser tan irritables y explosivos. Incluso al sentir como el cuerpo se funde en el mar de la sabiduría universal, el miedo al fracaso se mitiga, suba nuestra autoestima y entramos en una espiral ascendente y constructiva.

Sin duda la vida es una paradoja. Entre más nos queremos afianzar, más resbalamos. Y entre más nos abrimos y nos damos más crecemos.

En resumen.

Te invito a poner de cabeza muchos de los preceptos que tenemos. El amor no es una característica de la gente débil sino que es el fundamento de la fuerza más poderosa del mundo. Como decía Napoleón Bonaparte el espíritu es más poderoso que la espada y esto se ve claramente en Gandhi y Frankl.

Por otro lado es importante acabar de una vez por todas con el precepto de que la vida es un botín que hay que aprovechar. No, la vida no es un botín sino que es algo sagrado que hay que cuidar, desarrollar y hacer crecer y nuestro cuerpo es nuestro gran maestro que nos ha sido encomendado para enseñarnos el camino de la coherencia.

Finalmente, nunca hay que olvidar que venimos a la tierra para aprender, amar y servir o a sacarnos “la rifa del tigre”. Servimos o sufrimos. ¡Tu decides!

Escucha aquí el comentario transmitido el 17 de septiembre 2014 en el noticiero de Sergio Sarmiento y Lupita Juárez en Radio Red.

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Una respuesta

  1. Excelente posición mi doctor McNeely. Le agradezco y me place haber tenido la oportunidad de leerle desde hace pocas semanas; sus enseñanzas y sus criterios despiertan el interés para crecer y servir, ese desprendimiento que necesitamos aprender y practicar para tener una sociedad màs justa. Desde Popayán, Colombia, felicitaciones. Adolfo León Gómez González

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